Según la investigación recogida en el trabajo monográfico “Mi Tierra Cotabambas”, elaborado por la Prof. Maritza Cornejo Flores, la historia del Niño Jesús de Huarcoy se encuentra profundamente vinculada a la memoria de la comunidad y a los acontecimientos ocurridos durante la etapa final de la Independencia del Perú.
Hace más de un siglo y medio, cuando Huarcoy —también mencionado tradicionalmente como Warqoy— era considerada una hacienda dentro del ámbito cotabambino, la zona estaba habitada por familias como los Goicochea o Huaycochea, Vergara, Arizpe y Silva. Estas familias desarrollaban principalmente actividades agropecuarias, dedicándose a la crianza de ganado y a los trabajos agrícolas.
En ese contexto, un joven perteneciente a la familia Goicochea fue incorporado al ejército patriota para servir en la lucha por la independencia. De acuerdo con la tradición recogida en la monografía, este soldado participó en la histórica Batalla de Ayacucho, librada el 9 de diciembre de 1824 en la Pampa de Quinua, enfrentamiento decisivo que consolidó la independencia del Perú y de gran parte de Sudamérica.

Luego de la victoria patriota, mientras algunos soldados celebraban y otros lamentaban la pérdida de sus compañeros, un objeto brillante llamó la atención en medio del campo de batalla. Nadie se atrevía a acercarse, pues existía el temor de que se tratara de una trampa dejada por las fuerzas realistas.
En medio de la incertidumbre, el joven Goicochea decidió aproximarse. La tradición recuerda sus palabras:
“Para vida o muerte probaré mi suerte, soy valiente serrano y miedo no tengo. Voy en este momento, trotando y galante; si trampa es, ¡nunca más volveré! ¡Chau, amigos!”
Con cautela, avanzó hacia aquel misterioso objeto y, al llegar, descubrió que no era una trampa ni un tesoro, sino una hermosa imagen del Niño Jesús. Admirado y profundamente emocionado, tomó la sagrada imagen y regresó con sus compañeros. Al contemplarla, los soldados se habrían arrodillado en señal de respeto, agradecimiento y oración.
A partir de aquel momento, la imagen empezó a ser considerada como un símbolo de protección, paz, justicia y esperanza. Según la narración tradicional, Goicochea decidió llevar al Niño Jesús hasta su tierra natal, Huarcoy, para que acompañara y protegiera a su comunidad.
El viaje de retorno habría sido largo y difícil. La imagen fue trasladada cuidadosamente hasta la ciudad del Cusco, donde permaneció temporalmente al cuidado de familiares. Debido a que el camino hacia Huarcoy se realizaba por senderos de herradura y requería varios días de viaje, Goicochea prefirió regresar primero a su comunidad para comunicar la noticia a sus familiares y vecinos.
Su llegada fue recibida con alegría. La comunidad celebró el acontecimiento y decidió reconocer al Niño Jesús de la Batalla de Ayacucho como protector y patrón de Huarcoy, convirtiéndose desde entonces en una figura central de su vida religiosa y cultural.
La aparición en Minas Pata
La tradición también relata un acontecimiento ocurrido pocos días después del regreso de Goicochea. Una mujer de Huarcoy se dirigía hacia el distrito de Cotabambas cuando, en el lugar conocido como Minas Pata, aproximadamente a 1,5 kilómetros de la población, vio a un hermoso niño ricamente vestido jugando en el camino.
Sorprendida y temerosa, la mujer le preguntó en quechua:
“¿Maymanta kanki ñiñucha, imata ruwanki kaypi?”
“¿De dónde eres, niñito? ¿Qué haces aquí?”
Según el relato, el Niño respondió:
“Limamanta puririumi, chayraqmi kaypi kashani.”
Luego sonrió y desapareció. La mujer quedó profundamente impactada y, al regresar a su comunidad, contó lo sucedido a los pobladores. Para los comuneros, aquel episodio reforzó la creencia de que el Niño Jesús había elegido Huarcoy como lugar de protección y devoción.
Devoción y celebración cada primero de enero
Con el paso de los años, la devoción al Niño Jesús de Huarcoy se consolidó y trascendió el ámbito comunal. Cada 1 de enero, numerosos fieles llegan a Huarcoy para participar en las celebraciones religiosas y festivas en honor al Niño Jesús.
Los devotos acostumbran llevar diferentes ofrendas, entre ellas productos agrícolas, juguetes, prendas para niños, así como documentos personales, títulos de propiedad y certificados de estudio, con la esperanza de recibir su bendición y protección.
Durante la festividad se celebran misas de salud y actos de oración. Los asistentes encienden velas, realizan pedidos de sanación y expresan agradecimientos por los favores recibidos.
En décadas pasadas, particularmente durante los años sesenta y setenta, la celebración adquiría características especiales con la llegada de visitantes procedentes de Ayacucho, quienes participaban con danzas tradicionales como la danza de tijeras y la huaylia. Los danzantes ofrecían demostraciones de destreza física, equilibrio y dominio de las tijeras, convirtiendo la festividad en un importante espacio de encuentro cultural.
Después de las ceremonias religiosas, la comunidad continúa la celebración con música, bandas, fuegos artificiales, comidas tradicionales y la conocida chicha amarilla, en un ambiente de alegría y confraternidad.
La historia del Niño Jesús de Huarcoy no solo representa una profunda expresión de fe religiosa, sino que también forma parte esencial de la memoria histórica, la tradición oral y la identidad cultural de la comunidad de Huarcoy y del pueblo de Cotabambas.
Deja una respuesta